No estaba seguro, jamás había conocido a un alemán. Una cita a ciegas no era el mejor primer paso para ello, pero arriesgué. Quedamos por teléfono para vernos a las cuatro de la tarde en las Ramblas. El día anterior nos pusimos de acuerdo con un inglés precario; la ruta sería por los sitios menos transitados de la ciudad, aquéllos que hubieran marcado algún momento mi vida o en los que me gustara ir sin más.
La primera impresión fué buena y aquéllo que pensé en el tren (dar media vuelta y escapar por el Paseo de Gràcia) no fué necesario. Nos saludamos y pronto noté una complicidad extraña. Le dijé que buscabamos una pequeña plaza: Sant Felip Neri. Me preguntó la razón de esa elección y medité unos segundos la respuesta. No supe decirle algo coherente.
Justo antes de llegar a la Plaça de Sant Jaume, giramos por una calle estrecha y tras pasar por un callejón llegamos a la plaza. Una fuente con un pequeño estanque en el centro de la plaza y una pequeña iglesia dan un carácter viejo y olvidado al lugar. Le indiqué que nos sentaramos al borde del pequeño estanque y qué no hiciera fotografias, le expliqué que siempre es mejor guardar el recuerdo - aunque sea distorsionado - de aquéllo que has vivido. La contempló y volvió a preguntarme sobre la elección. Ahora podía explicarle que allí tomé las tres decisiones más importantes del mi último año. Solo o bien acompañado, de la tranquilidad de aquel espacio salieron errores y aciertos que aun me siguen marcando. Me dijo que el tenía un sitio especial en su ciudad y que algún día me llevaría con él. La tarde estaba siendo de provecho.
Quise cambiar, de repente, la sensación de encierro de Sant Felip Neri y lo llevé al Palau de Montjuic. Nunca me ocurrió nada especial allí, pero gracias al mirador podría ver desde el aire aquéllo que quisiera mostrarle. Le señalé el barrio del Raval, la Plaça Catalunya, la Plaça España, el Barrio de Sants... Y el alemán comprendió que lo estaba utilizando para explicar a alguien ajeno lo que rondaba por mi cabeza. Me sonrió y me dió el abrazo más reconfortante que había recibido en semanas.
Acabamos en una cafetería llena de encanto, Caellum, por el centro. Nos pedimos dos orchatas y quiso que escribiera algo en una especie de libreta de viaje. Despues, me dijo que le hubiera gustado regalarme algo, y tras unos segundos, sacó un paquetito de su mochila. Era un paquete de chicles. Me explicó que eran los únicos que podian encontrarse en la Alemania del Este, durante la época comunista. Me dijo que no los abriera hasta pasado un tiempo y que cuando lo hiciera entendería el porqué. Nos despedimos con un abrazo para, seguramente, no vernos nunca más.
El cigarro durante la pausa del curso de francés era obligado. Pero no me sentó bien y me dejó un gusto extraño en la boca. Entonces recordé que tenía el paquete de chicles en la mochila. Lo abrí, como el que abre una carta especial sin querer romperla, y los probé. Era un limón dulce. Pensé - nada especial-
Hoy, buscando unos papeles, encontré el paquete vacío de chicles. ¡El olor a limón era tan fuerte! Dos meses despues entendí que quiso regalarme un recuerdo mucho más duradero que cualquier otro detalle. Estoy seguro que volveremos a vernos para devolverle el abrazo.
Un espacio para diversas cosas. Exponer, satisfacer ego, meditar, relatar, contar vivencias, locuras, momentos.
domingo, 29 de agosto de 2010
miércoles, 25 de agosto de 2010
¿Enero? No, verano.
Otro verano más. No dura tres meses, el verano empieza en Enero cuando, cansados del frío, muchos deseamos que llegue el buen tiempo. Con la primavera, no soportamos esos anticipos de dias calurosos, pero tampoco echamos de menos los abrigos que de vez en cuando tenemos que volver a sacar del armario. Todos clamamos por la estabilidad del verano, por la camiseta corta y la bermuda; por la playa y el bañador; por las terrazas y la compañía de los mejores amigos; por los viajes y las aventuras; por las locuras y los instantes más intimos; por aquélla gente especial que conoces y que desconocerás cuando llegue el otoño; ¡Por tantas cosas!
Pero al fin, cuando disfrutamos del ansiado periodo estival, se asoman las primeras quejas, los lametos por el bochorno, por algunos planes fustrados, por el aburrimiento o por la gran cantidad de planes por hacer. Y todos nos volvemos algo melancólicos cuando vemos que se acerca el mes de Septiembre. Con él, para muchos, vuelven las obligaciones. Los dias empiezan a ser más cortos y, como si el verano no fuera a regresar jamás, intentamos hacer todo aquéllo que nos queda pendiente
Creo que mi verano cumple con todo lo que antes he escrito. El verano suele ser la época en la que "todo mejorará, todo debe mejorar". Dejo atrás el invierno, afortunadamente, y cuando llega la primavera proyecto el mes de Julio y Agosto. ¿El resultado? Aun es pronto, apuraré los últimos dias de Agosto y los primeros de Septiembre, y despues, con la melancolía que me dará volver a ponerme manga larga y pantalones, pensaré en mi verano.
Valoraré si ha valido la pena, creo que sí, malgastar todas las mañanas del mes de Julio en aprender un nuevo idioma. Si la huída hacia adelante, ir a Londres el mes de Agosto, dió el resultado que debía dar. Si las reflexiones cruzando el London Bridge con dos pintas de cerveza de más han sido las suficientes. Y si el verano me ha dado las fuerzas necesarias para encarar la nueva rueda que me llevará a querer disfrutar del siguiente.
Pero al fin, cuando disfrutamos del ansiado periodo estival, se asoman las primeras quejas, los lametos por el bochorno, por algunos planes fustrados, por el aburrimiento o por la gran cantidad de planes por hacer. Y todos nos volvemos algo melancólicos cuando vemos que se acerca el mes de Septiembre. Con él, para muchos, vuelven las obligaciones. Los dias empiezan a ser más cortos y, como si el verano no fuera a regresar jamás, intentamos hacer todo aquéllo que nos queda pendiente
Creo que mi verano cumple con todo lo que antes he escrito. El verano suele ser la época en la que "todo mejorará, todo debe mejorar". Dejo atrás el invierno, afortunadamente, y cuando llega la primavera proyecto el mes de Julio y Agosto. ¿El resultado? Aun es pronto, apuraré los últimos dias de Agosto y los primeros de Septiembre, y despues, con la melancolía que me dará volver a ponerme manga larga y pantalones, pensaré en mi verano.
Valoraré si ha valido la pena, creo que sí, malgastar todas las mañanas del mes de Julio en aprender un nuevo idioma. Si la huída hacia adelante, ir a Londres el mes de Agosto, dió el resultado que debía dar. Si las reflexiones cruzando el London Bridge con dos pintas de cerveza de más han sido las suficientes. Y si el verano me ha dado las fuerzas necesarias para encarar la nueva rueda que me llevará a querer disfrutar del siguiente.
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