Una fragancia que quieres convertir en sabor. La del helado de limón, la de un mojito bien hecho, o la que te inunda cuando pasas cerca de una pastelería, o cuando te sientas en un parque repleto de naranjos en flor. La del jabón de manos de la Universidad, la del señor o la señora que se sienta a tu lado en el Metro. O aquella penetrante fragancia de las casas que te hace recordar momentos bonitos.
Las muecas que quieres convertir en palabras. El guiño de ojo de quién intenta seducirte, el gesto de aprobación de un exigente profesor, la maldad contenida en un repaso de cabo a rabo, la desdicha de la mirada cuando te adelantas en alguna cola. O los ojos que, fijamente, se entrometen en tu pensamiento.
Las carícias que quieres convertir en sentimientos. Rozar suavemente con la mano la cabeza de aquél que está preocupado, concentrar toda la pasión en un recorrido sensible por el pecho; encontrar el hombro de quién, como tú, está condenado a morir en un paredón. Transmitir el recuerdo que ya no existe a quien ya no puede recordar. Tocar un objeto como si con ello se presentase un ser querido.
Las lágrimas que quieres convertir en voluntades. Las que derramas por rebeldía, temor, alegría, carencia, malestar, enfado, inseguridad, belleza y emoción.
Todo aquello que puedes expresar y que está sujeto a distintas interpretaciones, al contexto en el que te encuentras.