sábado, 22 de mayo de 2010

El esfuerzo; la conllevancia

Hace unos dias leí un artículo de opinión en La Vanguardia de Susana Cuadrado dónde indicaba la importancia que tiene en la configuración de la personalidad del individuo la proyección que de ésta quieran hacer tu familia, en especial, tus padres y parientes más cercanos.

Leer el artículo me hizo recordar la utilidad de tener claro que, a veces, naturalizamos lo que no es más que algo cultural. Me explico, damos carta de biológico a construcciones culturales o tradiciones que entre todos y a lo largo del tiempo hemos ido afianzando. Estas costumbres, con sus beneficios y sus desventajas, marcan al individuo en su crecimiento personal. Muchas de ellas le ayudan a forjarse unos valores que lo guían; otras, cuando no coinciden con su naturaleza más íntima son lastres casi insalvables.

No se puede entrar en la lucha inútil de culpabilizar a los progenitores de lo que intentan hacer con sus hijos. No los podemos separar de la sociedad, como elementos que deciden solamente por si mismos, como educar a sus hijos. Forman parte de la rueda, la afianzan pero a su vez son victimas de ella.

Nada apoteósico o necesariamente negativo. La urgencia de separar y clasificar las cosas nos define. Conductas femeninas o masculinas, bondad y maldad. Quizá sea una manera de poner orden a las conductas humanas. Una "constitución de lo moral". Pero esta conllevancia con lo que nosotros mismos nos hemos impuesto requiere de un esfuerzo que tranquiliza la consciencia.

Hace algunos años, escuchando a un profesor que ha marcado parte de mi pensamiento, llegué a la conclusión de que la conllevancia entre la personalidad más íntima y el ambiente que te rodea es un esfuerzo brutal. Un descubrimiento progresivo que casi nunca logras acabar.

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