domingo, 29 de agosto de 2010

Zitronen Bonbon fruchtig, o unos chicles alemanes.

No estaba seguro, jamás había conocido a un alemán. Una cita a ciegas no era el mejor primer paso para ello, pero arriesgué. Quedamos por teléfono para vernos a las cuatro de la tarde en las Ramblas. El día anterior nos pusimos de acuerdo con un inglés precario; la ruta sería por los sitios menos transitados de la ciudad, aquéllos que hubieran marcado algún momento mi vida o en los que me gustara ir sin más.

La primera impresión fué buena y aquéllo que pensé en el tren (dar media vuelta y escapar por el Paseo de Gràcia) no fué necesario. Nos saludamos y pronto noté una complicidad extraña. Le dijé que buscabamos una pequeña plaza: Sant Felip Neri. Me preguntó la razón de esa elección y medité unos segundos la respuesta. No supe decirle algo coherente.

Justo antes de llegar a la Plaça de Sant Jaume, giramos por una calle estrecha y tras pasar por un callejón llegamos a la plaza. Una fuente con un pequeño estanque en el centro de la plaza y una pequeña iglesia dan un carácter viejo y olvidado al lugar. Le indiqué que nos sentaramos al borde del pequeño estanque y qué no hiciera fotografias, le expliqué que siempre es mejor guardar el recuerdo - aunque sea distorsionado - de aquéllo que has vivido. La contempló y volvió a preguntarme sobre la elección. Ahora podía explicarle que allí tomé las tres decisiones más importantes del mi último año. Solo o bien acompañado, de la tranquilidad de aquel espacio salieron errores y aciertos que aun me siguen marcando. Me dijo que el tenía un sitio especial en su ciudad y que algún día me llevaría con él. La tarde estaba siendo de provecho.

Quise cambiar, de repente, la sensación de encierro de Sant Felip Neri y lo llevé al Palau de Montjuic. Nunca me ocurrió nada especial allí, pero gracias al mirador podría ver desde el aire aquéllo que quisiera mostrarle. Le señalé el barrio del Raval, la Plaça Catalunya, la Plaça España, el Barrio de Sants... Y el alemán comprendió que lo estaba utilizando para explicar a alguien ajeno lo que rondaba por mi cabeza. Me sonrió y me dió el abrazo más reconfortante que había recibido en semanas.

Acabamos en una cafetería llena de encanto, Caellum, por el centro. Nos pedimos dos orchatas y quiso que escribiera algo en una especie de libreta de viaje. Despues, me dijo que le hubiera gustado regalarme algo, y tras unos segundos, sacó un paquetito de su mochila. Era un paquete de chicles. Me explicó que eran los únicos que podian encontrarse en la Alemania del Este, durante la época comunista. Me dijo que no los abriera hasta pasado un tiempo y que cuando lo hiciera entendería el porqué. Nos despedimos con un abrazo para, seguramente, no vernos nunca más.

El cigarro durante la pausa del curso de francés era obligado. Pero no me sentó bien y me dejó un gusto extraño en la boca. Entonces recordé que tenía el paquete de chicles en la mochila. Lo abrí, como el que abre una carta especial sin querer romperla, y los probé. Era un limón dulce. Pensé - nada especial-

Hoy, buscando unos papeles, encontré el paquete vacío de chicles. ¡El olor a limón era tan fuerte! Dos meses despues entendí que quiso regalarme un recuerdo mucho más duradero que cualquier otro detalle. Estoy seguro que volveremos a vernos para devolverle el abrazo.

5 comentarios:

  1. Es tan reconfortante leer este texto como el abrazo que sentiste...¿como pueden tener tanta fuerza las palabras,las historias, nuestras vidad, las personas?

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  2. El valor de lo vivido se intensifica con el tiempo, la 2ª habitación de tu corazón, cuando menos te lo esperes, será un inmenso océano donde a menudo irás para sumergirte y ahogarte entre los recuerdos.

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  3. Sí! De hecho, las cosas acaban siendo tal y como las vas configurando con el paso del tiempo. ;)

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  4. ¡¡¡He podido sentir las vibraciones del recuerdo q puede traer un peculiar olor!!! ¡me ha encantado!

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