sábado, 26 de marzo de 2011

Liderazgo y emprendedores. Concepto y mitos.

El escritor suele redactar sus obras en un espacio íntimo. Crea, ayudado por el silencio y la reflexión. Pero lo hace teniendo como referencia todo aquéllo que le rodea, sueña, proyecta o imagina. Vaya, que ni el más introspectivo de los escritores es capaz de emprender la tarea de escribir un libro sin una experiencia previa.

El líder y el emprendedor, hombre o mujer, es aquél que aprovecha los conocimientos (muchos o pocos) y las experiencias previas.

Esa es la base fundamental. Aunque luego sea decisoria la capacidad de sintetizar y hacer atractivas unas ideas o conceptos para que los demás te sigan, entiendan y compartan unos objetivos.

¿Basta ya no? ¿Quién decide que el liderazgo y "el innovar" sean fórmulas de éxito indispensables para ser feliz y/o aportar a la sociedad? ¿Es un líder verdadero aquél que lo ejerce en función de la presión comunitaria para que lo sea? Nos encontramos ante las expectativas creadas, la idea del triunfo, de "lo que vale la pena y de lo que no".

A veces lo ordinario, el equilibro entre lo que piensas y haces, entre lo que crees y practicas, es el mayor ejercicio de innovación y liderazgo. Para ello no todos estamos preparados. Es una opción dificil. Renunciar al reconocimiento, a ser lo que se espera que debes ser.

Innovar no puede ser un concepto y definición cerrados. La misma raíz del significado -nuevo- ya nos habla de lo dificil de establecer unas paredes en la idea de lo innovador. Será la práctica y la consciencia personal y comunitaria la que juzge una innovación como tal de modo que, aquéllas que no lo sean no llegarán al lenguaje común como "innovaciones". 

Quizá, la auténtica innovación, esa que se aleja del mito conceptual y se acera a la actitud del hombre, sea poder desempeñar todos tus conocimientos para que, en único foco, sorprendan al receptor que, con suerte, pueda llevar a la práctica aquello que el emisor anuncia, crea o teoriza. 


domingo, 13 de marzo de 2011

De ropas viejas.

La misma música popular catalana, una vieja tradición mantenida hasta hoy. Mayores, jóvenes y niños se protegen de las chispas que el Camell lanza hacia todas las direcciones. Ropas viejas y brincos, siguiendo un baile caótico que hasta el menos implicado acaba por repetir.

Y me pregunto las veces que he visto ese espectaculo. Los años que han pasado desde que lo presencié por primera vez. Las diferentes personas que me han acompañado. Las circunstancias de ese momento. La ida y la vuelta.

Pero esta vez lo he tenido demasiado fácil. O rabiosamente dificil. La casualidad ha hecho que llevara puesta la misma chaqueta que el año pasado. La misma en la que meto mis manos en los bolsillos para, inmediatamente despues, encoger los hombros. Creo que debo deshacerme de esa chaqueta. Y de la manía de encoger los hombros.

Tras deshacerme de esa chaqueta, podré tener alguna otra con la que ir erguido, derecho. Con las manos bien libres y la mente igual de clara.

Pero de momento he vuelto a guardar la chaqueta en un armario que, desde hace un tiempo, no me permite cerrar bien una de sus puertas.

miércoles, 2 de marzo de 2011

Ficción (I) - El café frío

Una cara más. Un chico sentado en un bar de poco brillo y mucho jaleo. Fuera, podía ver el movimiento incesante de una calle céntrica, como las de cualquier ciudad del mediterraneo.

Llega el café, no llega. El suyo y el mío. Toco ligeramente mi nariz con los dedos, compruebo (¿Quién no lo ha hecho alguna vez?) la rígidez de la silla en la que me acomodo, me pregunto si hace el mismo sol que hace treinta segundos y miro por el ventanal del bar, tanteo la barra - con esa cara amenazante y a la vez sumisa - para ver si mi café "ya va"; y bueno, tras los pretextos de rigor y al fin, concentro mi mirada en la persona que tengo en frente.

Una ceja entra en tensión, ¿Qué estará pensando? Alguna preocupación leve -¿las hay?-Súbitamente, con su pulgar en el labio inferior, clava su mirada en el centro de la mesa. Una preocupación más dolorosa. Ahora pone sus manos en el cuello y hace ese movimiento que creemos relajante que acaba por hacer más daño del que pensamos a los pocos segundos. Debe ser algo grave, ¿Una imagen que no puede desaparecer de su mente?

El café frío. El suyo y el mío.