Una cara más. Un chico sentado en un bar de poco brillo y mucho jaleo. Fuera, podía ver el movimiento incesante de una calle céntrica, como las de cualquier ciudad del mediterraneo.
Llega el café, no llega. El suyo y el mío. Toco ligeramente mi nariz con los dedos, compruebo (¿Quién no lo ha hecho alguna vez?) la rígidez de la silla en la que me acomodo, me pregunto si hace el mismo sol que hace treinta segundos y miro por el ventanal del bar, tanteo la barra - con esa cara amenazante y a la vez sumisa - para ver si mi café "ya va"; y bueno, tras los pretextos de rigor y al fin, concentro mi mirada en la persona que tengo en frente.
Una ceja entra en tensión, ¿Qué estará pensando? Alguna preocupación leve -¿las hay?-Súbitamente, con su pulgar en el labio inferior, clava su mirada en el centro de la mesa. Una preocupación más dolorosa. Ahora pone sus manos en el cuello y hace ese movimiento que creemos relajante que acaba por hacer más daño del que pensamos a los pocos segundos. Debe ser algo grave, ¿Una imagen que no puede desaparecer de su mente?
El café frío. El suyo y el mío.
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