Hace unos dias os hable de las expectativas, y hoy me apetece -en un ataque de ombligo más- comentar unas ideas sobre lo que se espera de nosotros y la importancia de ello para completar lo que esperamos de nosotros mismos. Aviso entonces para el quiera dejar ya de leer.
- ¡Mi hijo es tan inteligente, se queda con todo muy rápido y responde bien a todas las preguntas!
- Vaya, qué bien. A el mío le encanta mirar por la ventana cada vez que viajamos en coche. Mirar todos los pueblos por los que pasamos, los árboles... intenta ver animales. Disfruta mucho con ello.
- Qué movido, sí sí. Mi hijo es como su abuelo. Creemos que será profesor, ¡Es tan listo!
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Qué lástima. La decepción depende mucho más de nosotros mismos de lo que podemos llegar a imaginar. Pensamos en cuál es el futuro brillante que esperamos de los que dependen, de alguna forma, de nuestros cuidados. Como siempre, aparece la lucha por controlar la personalidad de los demás. De la forma más extrema: limitando sus capacidades, su imaginación, sus proyectos e ideas; y maneras más suaves de controlar el libre destino de cada uno. Las suaves quedan cerca de la frontera de la disciplina familiar, de lo correcto. Es dificil, casi imposible, que padres, tutores, quién te cuida, no intente poner un poco de él mismo en tí. Pero es tan dificil responder a las expectativas creadas. Muchas veces son una carga imposible de sostener. Y a veces es incluso más dificil vivir sin haber cumplido con esas expectativas.
Y es que no aprendemos a respetar el espacio de los demás.
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