De pronto nos levantamos con el método que resuelve todas las dudas, los pesares y las cargas que llevamos a cuestas. Nos vamos a dormir para madurar, entre las sábanas y la intimidad, la solución a todos los problemas que crees tener. Pero un recuerdo es capaz de borrarlo todo. Es la lucha entre el debo y el quiero. Entre lo que conviene y lo que deseas.
Y las casualidades, que pocas veces son tal, son en gran parte las responsables de la confusión. De las casualidades parten recuerdos, momentos e incluso instantes que guardas en la memoria y que distorsionan lo que de verdad sucede a tu alrededor. De la reflexión velada nace una escapatoria para no afrontar los acontecimientos tal y como se presentan.
Yo he decidido seguir en el equilibrio del deber y el querer. Un equilibrio que no te garantiza una tranquilidad plácida; pero con él sigues dependiendo de las casualidades. De esos momentos, emocionantes e inesperados, que recuerdas una y otra vez cuando algo va mal.
Pero la elección no es libre. Nunca lo es. Hay algo, y alguien lo sabría explicar, que hace que te decantes por un recuerdo concreto. Quizá me aproxime a saber qué es, pero no quiera pensarlo, no deba.
Mañana seguiré con la lucha entre el debo y el quiero. Hasta que alguna casualidad se cruce por el camino y me haga olvidar lo que ya se ha convertido en un recuerdo. Lo veis, sigo marcado por una casualidad cada vez más lejana.
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