miércoles, 13 de octubre de 2010

¿Entramos?

Podría situar la escena de la manera más típica. Una tarde con mucho viento en Barcelona, la gente algo alterada, las calles bastante oscuras, las ramas cayendo por el peso del agua, las hojas y la fuerza del viento. Algo de frío... pero no.

Ha sido bajar a la realidad más absoluta. Un hombre, con la mirada perdida, bebiendo una cerveza y con un paquete de cigarrillos se quita los pantalones y los calzoncillos dentro de una cafetería llena de gente que trata de evitar el viento y la lluvia. Tras unos segundos, todos nos damos cuenta de que el hombre huele mal y que se estaba cambiando la ropa por motivos evidentes. Olor insoportable y una situación algo embarazosa.

¿Quién iba a pensar que alguien pudiera resistirse a ver esa escena tan llamativa? Nos equivocamos... dos mesas más a la izquierda un chico joven estaba dormido como un tronco reposando la cabeza, de la forma más incómoda, en la mesa. Allí, como si nada, sin escuchar los murmullos de la gente.

Pero, quizá podamos pensar en algo más profundo. Aquéllos hombres estaban siendo auténticos, sin preocuparse de lo que pudieran pensar los demás. ¿Por qué debemos suponer que tienen más problemas que nosotros?

El público expectante había encontrado, quizá, la manera de evadirse de sus problemas. Un chico que no sabe cómo decirle a su novia que quiere dejar la relación con ella. Alguien que quiere romper un negocio y no sabe cómo pagar unas deudas. Mil problemas. Todos, inclusive yo, estábamos pendientes de la autenticidad de los que actuaban sin más miramientos que su propia libertad. De hecho, creo que ellos si que estaban pensando en sus problemas (bien, o soñando sobre ellos); mientras los demás los mirábamos con superioridad para olvidar los nuestros.

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