Paso a paso con determinación aunque con levedad, ante calles que bajaban y otras que subían; parando ante los semáforos en rojo como si se tratara de una interrupción brusca y maleducada. Todo con la misma cara desconectada de los problemas en los que no piensa. Y la cuestión era seguir con el trayecto sin encontrar resistencias, éstas no debían sobrepasar el límite de lo sensible y perceptible por los sentidos y la consciencia. Todo iba bien.
Ante él, pero sin verlos, una señora de mediana edad que estaba preocupada por su inminente despido. Unos pasos más abajo, un joven contando las monedas que saca del bolsillo para pagar el refresco de la chica que le gusta, un antiguo capitán y empresario de embarcaciones marítimas de recreo que llevaba muchos días en seco, una frutera que ya no sabía como encontrar el género más barato para que no engrosara el almacén de fruta podrida en el que se estaba convirtiendo su frutería. Un chico enamorado que sólo pensaba en la palabra más bonita que iba a decir a su pareja, una abuela que dudaba si su nieta salía a las cinco o a las seis de la escuela. Un ladrón que no sabía dónde guardar su mercancía robada. Un conductor que dudaba entre coger el coche o no porque ya llevaba dos cervezas. Todos ellos ante problemas que, según la circunstancia personal de cada individuo, pueden ser vistos de mayor o menor gravedad. Todos ellos, eso sí, comparten la preocupación que suponen para la persona que los soporta.
Pero el trayecto seguía sin impedimentos a modo de reflexión. Era caminar. Pensad, en muy contadas ocasiones caminamos sin más. La mayoría de las veces lo hacemos pensando, analizando, escuchando, sintiendo, llorando, entre sonrisas y risas..., pero se trataba sólo de caminar. Era un acto de voluntad que buscaba la anulación de la misma. Pero ahí va, nunca busques anularla, porque esta vuelve en seco. Una luz, unos ojos, un banco, un pastel, una sobrina, un carnaval, un partido de baloncesto, una cuerda de tender, una palomita quemada, un sobre, una copa de cava, un grito de alegría, una gota de aceite... cualquier detalle puede hacer que tu voluntad que antes era inequívoca, esto es, la de aislarte por un momento de todo, vuelva como un huracán caribeño desbocado.
La respiración es la clave!
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