Podría situar la escena de la manera
más típica. Una tarde con mucho viento en Barcelona, la gente algo alterada,
las calles bastante oscuras, las ramas cayendo por el peso del agua, las hojas
y la fuerza del viento. Algo de frío... pero no.
Ha
sido bajar a la realidad más absoluta. Un hombre, con la mirada perdida,
bebiendo una cerveza y con un paquete de cigarrillos se quita los pantalones y
los calzoncillos dentro de una cafetería llena de gente que trata de evitar el
viento y la lluvia. Tras unos segundos, todos nos damos cuenta de que el hombre
huele mal y que se estaba cambiando la ropa por motivos evidentes. Olor
insoportable y una situación algo embarazosa.
¿Quién
iba a pensar que alguien pudiera resistirse a ver esa escena tan llamativa? Nos
equivocamos... dos mesas más a la izquierda un chico joven estaba dormido como
un tronco reposando la cabeza, de la forma más incómoda, en la mesa. Allí, como
si nada, sin escuchar los murmullos de la gente.
Pero,
quizá podamos pensar en algo más profundo. Aquéllos hombres estaban siendo
auténticos, sin preocuparse de lo que pudieran pensar los demás. ¿Por qué
debemos suponer que tienen más problemas que nosotros?
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