domingo, 18 de noviembre de 2012

Háblame de algo más.


El piloto rojo de la cámara se encendió y, como si siempre hubiera hablado a los espectadores, empezó con un discurso sin necesidad de mirar papel alguno. La audiencia iba a extrañarse; un respetado profesional relatando sus vivencias más íntimas, sus victorias y fracasos, sin pudor y evitando dar lecciones. 

El cámara, el realizador, el productor, todo el equipo técnico, estaban sorprendidos. Creían que estaban colaborando en el hundimiento de una personalidad; Se planteaban, incluso, acabar con esa emisión en directo por el bien del invitado, pero la autenticidad del mensaje les impedía cortar un momento tan sincero y locuaz. Colgados del relato, dejaron seguir a ese pobre hombre que ya no sería jamás el mismo tras exponerse de tal manera en televisión. 

El discurso siguió...

"- La manera más lógica de acabar con todo aquello hubiera sido echar unos tragos, varias copas y enfilarse a las bravas con la vida. No me sentía comprendido por mis amistades, ellos no me decían lo que yo quería escuchar y no tenía una motivación especial por nada de lo que me rodeaba. Pensé en alejarme de todo, pero concluí que eso sería alejarme de aquello que era. ¿Comprenden cómo se siente un ignorante que cree saberlo todo? ¿Pueden llegar a pensar en la vitalidad que puede simular una persona con múltiples problemas? ¿Captan la profundidad de lo que les explico? Imaginen que su mayor problema es determinar cuál de ellos es el más importante. ¿Creen que lo que les digo es algo de locos? ¿Un esquema lógico y constante de vida es la forma de echar el cierre a las preocupaciones? ¿Sus miserias se generan por la falta de capacidad de adaptación o por casualidades de la vida? ¿Van a solucionar todos estos misterios con una reflexión rápida? ¿Son tan valientes como para pasar todo un día pensando en lo que les pregunto?" 

Los presentes en el estudio de televisión no alcanzaban a entender la dimensión de lo que ocurría allí. Los tapujos que cualquiera antepone a su sinceridad estaban siendo olvidados por alguien que, sin más límites que su propia entereza, relataba lo que todos, en un momento u otro de la vida, se han preguntado en silencio. El reto era mayúsculo. 

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